LA ESTRELLA EN EL BOLSILLO
Es una tarde gris de enero y el cansancio me pesa en el
cuerpo. Siento una punzada de tristeza mientras apoyo la frente en el frio
cristal, observando como el viento zarandea las hojas de un lado a otro.
Parecen bailar al son que la naturaleza les canta. Hoy el viento ha decidido
ser malvado castigándolas y arrastrándolas lejos del lecho del jardín. De
pronto en un momento de calma, el viento loco y enfurecido se detiene. Parecía
que las hojas me gritaban desde el suelo que las cobijara. No pude quedarme
tras el cristal. Salí al jardín con mi escoba y empecé a barrerlas. Sentía como se arremolinaban a mi alrededor
como si supieran que yo era su último refugio.
Las metí todas en un saco y las puse con cuidado al pie del
árbol que un día vistieron con orgullo. Por fin descansaban todas tranquilas y
juntas. Todas menos una que se coló en el bolsillo de mi abrigo.
Aquella noche fría y lluviosa, regresé a la ventana, miré y
ya no quedaban hojas que barrer. Alcé la vista al cielo y el vacío y la
oscuridad me sobrecogió. Ni una sola luz, ni un solo destello. Las estrellas
habían desaparecido. Con el corazón encogido me pregunté:
-
¿Habré
barrido también las estrellas?
De pronto
una voz frágil y dulce brotó desde el bolsillo de mi abrigo.
-
Estoy
aquí – me dijo – lo barriste todo y lo que no, el viento se lo llevó. Se llevó
incluso las estrellas.
Sentí un
pequeño calor en el bolsillo.
-
Me
cobijé contigo porque no quiero que estes sola. Guárdame cerca y no me dejes
ir. Soy esa estrella que tanto brilla, la misma a la que miras cada noche, a la
que hablas y en donde buscas difíciles respuestas. Hoy mi cielo es tu abrigo.
Allí guardé eternamente esa hoja seca, que yo sabía que era
mi estrella. Nunca la dejé. Siempre me alumbró y siempre me dio su pequeño
calor.