viernes, 20 de marzo de 2020

LA PRIMAVERA HA VENIDO





La primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido. Preciosa frase de Antonio Machado.
En estos días que estamos pasando encerrados en casa, no nos damos cuenta de que ya está aquí. Pero ya ha venido, y quizás para alegrarnos un poco. No la podemos ver, pero si mirar, aunque tan solo sea a través de una ventana, no la podemos tocar, pero si palpar. Desde mi balcón veo como los árboles de mi barrio están rompiendo con sus hojas verdes, las flores nos alegran con sus aromas y colores. Nos hacen la vista más agradable.
Echamos de menos poder recibirla como se merece, con paseos junto al río escuchando la música del agua al caer por una pequeña cascada, el cantar de sus pajarillos y el verdor de sus campos.
La primavera ya está aquí y todo esto pasará, la tocaremos, la sentiremos bajo nuestros pies cuando estemos paseando descalzos por la hierba fresca del campo. Volveremos a estar juntos para abrazarnos y besarnos.
Mientras tanto nos toca estar unidos en la distancia. Todos en casa luchando por la misma causa, la solidaridad humana. No podemos salir, pero sí abrir nuestra ventana y mandar besos al viento, que seguro que le llega a la persona deseada. Pronto veremos llegar a la golondrina, la que nos puede indicar que la tormenta y la oscuridad ha pasado y que en el cielo brilla el arcoíris.

MARÍA PÉREZ GARCÍA 20/03/2020

miércoles, 18 de marzo de 2020

BATALLA AL ENEMIGO INVISIBLE



Erase una vez una familia que vivía reunida, trabajaba en faenas comunes al hogar. Todos volvían a casa, se cuidaban unos a otros, los padres estaban con los hijos, los hijos con los padres. Todos reunidos alrededor de una mesa para disfrutar de una comida en familia. Momento para exponer problemas, soluciones y demás asuntos de interés. Muchas veces esa acomida era un poco escasa, pero se apañaban con lo que había. Los abuelos normalmente presidian esa mesa familiar. Disfrutaban de algo que se llamaba ahora. No pensaban en el día de mañana, el día a día les hacía vivir.
Pronto llegó. un nuevo miembro a la familia que se llamaba Inquietud. Esta hizo que algunos pensaran en qué será del futuro, para eso muchos se olvidaron del hoy y lucharon por un mañana.
El núcleo familiar se iba deshaciendo. Perdíamos valores, lo importante es llegar sin importarnos el cómo. El mundo lo teníamos a nuestros pies, no había fronteras. La era de la comunicación nos mantenía unidos a través de teclas y pantallas. El trabajo estaba lejos del hogar, pero los medios de tierra, mar y aire nos mantenían unidos. El ser humano ha luchado por derribar fronteras y globalizarnos.
Ha todo esto se sumó un nuevo miembro que se llamaba Odio. Este nos llevó a pensar que somos mas que otros, por el simple hecho de nacer en sitios diferentes.
Tras este miembro odioso llegó el de la guerra, cruel entre personas que huyen de países e intentan que otros los acojan. Pero esto no nos importaba demasiado, total a nosotros no nos llega. La indiferencia llegó a nuestras vidas, nos acostumbramos a ver imágenes horribles de mayores y niños en la miseria. Nadie quiere a los más débiles e indefensos, predomina el dinero y el poder. Pero a pesar de todo, los humanos nos hemos mezclado, nos acogemos, nos integramos y luchamos por conseguir el sueño perseguido. Luchamos por él a cambio de nuestro tiempo, que es el bien más preciado.
En esta etapa nadie dispone de él para nada ni para nadie. Los niños echan en falta a sus padres, los padres a sus hijos, se reprochan el no tener tiempo para ellos, para la familia. Pero el sistema se impone y es lo que predomina. Los abuelos solos. Ya no presiden mesa de nadie. Si su situación se lo permite, quizás la de una residencia donde comparten habitación y mesa.
Toda la familia se lamenta de que el tiempo pasa muy deprisa. No tenemos tiempo para nada, todos corriendo de un lado a otro para siempre llegar tarde y mal. Quisiéramos sacarle al día cuarenta y ocho horas para seguir corriendo.
De pronto en esta era en la que vivimos tan avanzada, en la que no existen muros, nos llega una noticia y una imagen de un bichito diminuto que quiere colarse en nuestras vidas. Una noticia que vemos lejana, sin percatarnos que ya no tenemos fronteras.
De la noche a la mañana entra en esta familia un virus llamado coronavirus. Un enemigo que nadie puede ver, pero que le ha declarado la guerra al mundo. Viene a ponernos a cada uno en nuestro sitio. A que todos tengamos eso que tanto echábamos de menos, como es el tiempo. Nos ha encerrado en casa, sin prisas. Ahora nos aterra estar incomunicados por tierra, mar y aire en plena era de las comunicaciones. Hemos cerrado las puertas, el mundo se enfrenta a una batalla con un enemigo que no podemos ver. Ganarla será difícil. En esta guerra no se utilizan bombas, ni fusiles, ni hay frentes abiertos. Esta guerra se ganará con la solidaridad de todos los humanos sin distinción, con aislamiento y soledad. Prohibido salir de casa, el ejercito está alerta para que nadie salga. El aislamiento es nuestra arma más importante.
Ahora tenemos tiempo, ya este no pasa tan deprisa. Es momento de profundizar en nosotros, a mirarnos por dentro, a observar y valorar las pequeñas grandes cosas que nos ofrece la vida. Un paseo, un beso, un abrazo de tus seres mas queridos, que en esta situación es el arma más mortal.
Luchemos por el ahora, porque el mañana nunca se sabe.
Mucho ánimo que de esta saldremos, aunque cuando volvamos abrir las puertas de nuestra casa, nada será igual a cuando la cerramos.

MARÍA PÉREZ GARCÍA 18/03/2020.


martes, 18 de febrero de 2020

SI MUERO

Si muero
dejar mi balcón abierto.
El salpicar de la fuente
desde mi habitación lo veo.
El tic-tac del reloj en el campanario
desde mi habitación lo siento.
Si muero
dejar mi balcón abierto.

domingo, 16 de febrero de 2020

EL RELOJ DEL CORAZÓN


    Las horas pasan tan despacio que parece que el reloj anda hacia atrás. Éste lleva conmigo toda una vida. Lo llevo en el bolsillo de mi chaqueta porque anda como mi corazón, según me ve de ánimos así marca las horas. El tiempo es tan relativo que no lo podemos medir de la misma forma. Se mide según nuestro ánimo, el mío está ahora eufórico porque llega el momento de mi cita.
     Ya lo tengo todo preparado, llevo mi impecable camisa blanca y la corbata que ella me regaló. Aún recuerdo ese día. Fue mi cumpleaños. Preparamos una romántica cena. Esa noche todo fue perfecto. Estábamos muy enamorados. Fue la mujer de mi vida desde que la vi en aquel parque cubierto de hojas caídas por el frío.
    El tiempo ha pasado. Ya no estamos juntos. Se la llevó una cruel enfermedad, se fue de la vida de todos, pero no de la mía. Ella sigue viviendo en mi corazón y alumbrando la penumbra de mi soledad. Tengo una ilusión que me hace pasar el tiempo.
    Cada cinco de diciembre a las cinco de la tarde, tenemos una cita en el mismo banco del parque donde nos conocimos. Esto parece una locura. A nadie se lo puedo contar, es por esa razón por la que el silencio reina en mí. Soy feliz a la espera de mi cita.    
    Hoy es el día. Todo lo tengo preparado, solo espero el momento. Estoy en el parque y me dirijo hacia el banco.
    -Ya estoy aquí querida. Pensé.
 La veo venir y me pongo de pie, miro el reloj y veo que su puntualidad es impecable. Son las cinco en punto. Rápido me vuelvo a sentar, las piernas ya me fallan. Vuelvo a mirar el reloj y este maldito, marca las siete.
Ahora ha corrido. Ha sido un viaje con ella al futuro. Creo que ya el próximo año me levantaré al verla, pero ya no me volveré a sentar. Entonces se pararán las agujas de este reloj del corazón, y los dos seguiremos cogidos de la mano a donde el destino nos quiera llevar, pero ya unidos para siempre.


MARÍA PÉREZ GARCÍA

martes, 5 de noviembre de 2019

EL ÚLTIMO BESO




Dibujos en el cielo que el aire mueve a su antojo. Figuras que se esfuman con el movimiento de las nubes. Así se fue ella. A mi madre se la llevó el viento dejando una estela en el cielo.
Su enfermedad le impedía mostrar o decir lo que pensaba, pero ella sabía bien lo que a su alrededor estaba pasando. Se sentía querida, amada y protegida, sus hijas le daban todo lo que ella en esos momentos necesitaba. Hasta que una tarde sintió en sus mejillas un cálido beso. Presentía que era el último. Aquella tarde partía un avión y de nuevo se llevaría parte de su vida.
Esta vez no será así, yo me iré también, pensó. Y así fue, cuando el ruido ensordecedor de unos motores rugiendo, y las pesadas ruedas dejan de pisar la tierra, tu alma se eleva, te integras en el viento, te vuelves tempestad, te haces vulnerable en el aire. Eso hizo mi madre, se fue con el viento detrás de un sueño que ya nunca dejaría escapar.
Ahora cuando miro el cielo, pienso que ella está ahí, que te guía, que te indica que te anima y te orienta, lo mismo que hace la veleta. Te dice el camino. El mío lo busco en las estrellas, en el viento, allí donde ella se fue.

MARÍA PÉREZ GARCÍA

martes, 22 de octubre de 2019

EL TREN DEL PROGRESO



Mi niñez la recuerdo junto a un río limpio y cristalino. Con unos amigos que jugábamos sin temor en las calles. En los correntales de éste pescábamos cangrejos, peces y nos entreteníamos jugando y pillando renacuajos. Había mucha vida en esas claras aguas. No había bolsas ni basura que lo ensuciaran.
Recuerdo cuando llegó el hombre que recogía la basura. Matías se llamaba. Los niños hasta nos reíamos del él porque llevaba un mulo y un carro para recogerla. Nadie entendía para que quería el pueblo ese servicio.
 -Qué tontería, el ayuntamiento no sabe donde echar el dinero. Comentaban los corros del pueblo. La verdad es que no había basura que recoger. Todo era reciclado y aprovechado, las patatas pequeñas para los animales, las mondas de éstas también los desperdicios de las frutas iban al corral para que las gallinas se las comieran y pusieran buenos huevos. Cuando íbamos a la tienda a comprar era con la capaza. Todo era a granel o envuelto en papel de estraza. 
El lechero pasaba por las casas para repartir la leche de sus vacas. Recuerdo cuando cada mañana llegaba a la puerta de casa y salía con mi cazo para que él me echara un litro o medio, según la necesidad del día.
Poco a poco fue llegando el tren del progreso. Todo estaba cambiando y muy rápido, ya no necesitaba llevar la capaza para los mandados. Ya te daban bolsas. A mí me gustó este cambio porque no me gustaba nada dicho recipiente, la bolsa estaba mucho mejor.
Los fideos, el azúcar, el arroz, la sal y muchas cosas mas ya venían en envases. Nos encantaba ir a la tienda y verlo todo envasado. Era mucho mas cómodo.
Pronto a Matías se le quedó pequeño su carro y su mula. Ya era una necesidad que alguien se llevara todo lo que en las casas se tiraba.
Llegó el progreso y con el los problemas de contaminación, este tren pasó por todos los lugares y personas y todos nos montamos en él. Ahora ya es difícil bajarse y volver a la capaza, a las cosas a granel, al papel de estraza. Ya el río no es cristalino, no tiene peces, ni cangrejos ni renacuajos con los que jugar. El triste silencio de las noches de verano sin escuchar el croar de las ranas hace daño a los oídos que una vez los escucharon.
Cambiar será difícil porque es mas cómodo, pero si no frenamos este tren nos llevará a estrellarnos y ahogarnos en nuestra propia basura.


MARÍA PÉREZ GARCÍA

sábado, 5 de octubre de 2019

LA AVENTURA DE LUNA




Soy miembro de una familia de tres hermanos y yo cuatro. Nacimos un 24 de septiembre por la tarde en el jardín de la casa, debajo de un bonito rosal. Aquella noche se desató una gran tormenta, el agua ya la teníamos casi al cuello. Mi madre no sabía ya que hacer para protegernos. Pronto vimos aparecer la dueña de la casa que nos dio cobijo dentro. Desde esa noche siempre nos hemos sentido protegidos por ella. Éramos cuatro lindos gatitos y mamá gata. Todos en casa estaban muy contentos con nosotros. Éramos muy graciosos y juguetones, en el campo nos lo pasábamos muy bien y estábamos muy felices.
Llegó la hora de volver a la casa del pueblo y nuestra dueña decidió llevarnos con ellos. Estaba contenta con todos nosotros, pero ya empezaba a pensar que éramos muchos para estar en casa. Cuando empezamos a comer por nosotros mismo, aunque aún necesitábamos la leche de nuestra madre, nuestra dueña decidió repartirnos entre la familia.
Llegó la primera candidata a elegir gatito, y claro yo era la mas bonita de todas mis hermanas, así es que me tocó salir la primera del nido materno. No me gustó nada, no quería separarme de mi madre ni de mis hermanas, pero la verdad es que al principio me gustó y salí tan contenta. Tengo alma de aventurera y pensé que viviría una aventura.
 Cuando llegué a mi nuevo hogar todo estaba preparado para recibirme. Una bonita cama de gatito, con unas suaves mantitas, comida muy buena y mucho mimo y cariño. Pensé que había tenido suerte, pero en el fondo yo necesitaba mis hermanas y mi madre. Pronto me volví arisca, no soportaba que me tocaran, que me mimaran y mucho menos que me tomaran como si yo fuera una bebé. Eso no lo quería. Siempre estaba con las uñas sacadas y enfadada. Para colmo me llevaron a un sitio donde siempre me hacían daño, siempre me pinchaban o me daban algo feísimo por la boca. Parece que se llama veterinario, pues yo lo odiaba. Por cierto, me pusieron de nombre Luna. Bueno un nombre muy común entre nosotros los gatos. Me gusta, de eso no tengo nada que decir. Mis hermanas se llaman Nea, Aria y el gatito que es Colillo.
Todos los días eran iguales, siempre en casa sin nada que hacer. Yo quería salir a la calle, jugar, correr con otros gatitos, quería ir con mis hermanos. Un día decidieron juntarnos de nuevo a todos, porque la verdad es que yo no paraba de maullar y maullar, mi nueva dueña tenía mucha paciencia conmigo, lo reconozco. Aquel día que fuimos todos juntos al campo, yo me asusté mucho, ya no los conocía, les quería pegar, arañar y salir de allí corriendo. Ya nada era igual.
Todas las noches me sacaban a pasear aprovechando que ellos sacaban la basura, pero una noche los despisté y me fui. Estuve andando y andando sin parar, no sé hasta donde llegaría, pero yo quería investigar, quería ver mas cosas. Al día siguiente me lo pasé muy bien. Vi otros gatos, intenté jugar con ellos, pero me pegaban. Bueno, no me conocen, pensé.
Pasaron varios días y ya la aventura no me gustaba tanto, tenía hambre y no tenía mi comida, ni mi agua, ni mi cómoda camita para dormir. Ya no me gusta mi nueva situación. Tuve que luchar para pillar algo de comida, me acerqué a casas donde lo único que recibía eran escobazos, los perros me perseguían, incluso más de uno me alcanzó con sus dientes y estuve bastante malita. No tenía consuelo de nada ni nadie. Tuve que cazar ratones, que asco, y comérmelos. Pasé mucha hambre y muchas calamidades, también malos tratos entre los propios gatos y de personas. Gracias a mi mal genio he podido sobrevivir.
Se que mi dueña estaba desconsolada por mi desaparición, me buscó por todas partes, puso letreros con mi foto por todo el barrio, y en ese sitio donde tanto me pinchaban, el veterinario, pero nadie daba respuesta. Parece que me fui muy lejos.
Pasaron los meses y yo seguía en la calle viviendo de la caridad de algunas personas que nos echaban los desperdicios de sus comidas. Mi dueña había perdido toda esperanza de encontrarme. Eran ya casi 12 meses. Yo estaba enferma, sucia y desnutrida, pero un día la persona que se acercaba a echarnos un poco de comida se quedó mirándome y creo que me reconoció por la foto del veterinario. Esa persona llamó al número de teléfono diciendo que pensaba que había visto ese gato, aunque solo se parecía un poco. Era la víspera del día de Navidad. Al recibir esa llamada, todos se pusieron muy contentos, aunque ya habían recibido más de una falsa llamada. Pero toda la familia fue a ver si yo era realmente luna. La persona que llamó era una conocida. Tenían esperanza. Mi dueña me reconoció enseguida, no lo dudó y se acercó a mi y yo muy noblemente me dejé coger, ya nada me importaba, estaba muy mal. Aunque creí notar su mano amiga. Su olor me era muy familiar. Me llevó a casa. Ya sabía que había vuelto a mi hogar. Estaba feliz, había vuelto por Navidad. Lo primero que hizo fue darme un baño que yo agradecí. Ya me parecía mas a Luna. Todos estaban contentos. ¡Luna ha vuelto!
Me volvió a llevar al veterinario para comprobar por medio de un chic que llevaba puesto que realmente era yo. Se lo confirmaron. Por fin en casa. Nunca mas me volvería a ir.
Desde entonces estoy feliz y contenta en mi hogar. Aquí  me quieren, me miman, tengo mi cama, mi comida, y a mi familia. Ya no quiero aventuras, quiero mi hogar dulce hogar.

Todos los miembros de mi familia tienen una historia que contar, empezando por mi mamá. Sus comienzos fueron bastantes difíciles y peculiares. Seguiré con las historias de mi familia gatuna.


MARÍA PÉREZ GARCÍA